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Confieso que a veces la anomia se hace fuerte, y mi cuerpo dolorido me pide descanso y oscuridad.
Mirando las noticias, leo los mensajes agónicos de una España que se acaba.
Un adiós anunciado a una etapa que ahora se hace buena y feliz, idealizada por las dudas y el horror de lo que vino después.
En esos momentos, una parte de mí, más vieja que este mundo de asfalto y ladrillo se orienta instintivamente hacia los senderos olvidados de la sombra, los mitos y el fango.
Golpeado por la necesidad, mi cuerpo huye hacia la calle, y se arrastra hacia una biblioteca cercana, buscando evadirme de ese buitre agorero que me atenaza desde lo alto.
Aquejado como estoy, de rabia y frustración, avanzo como un espectro por las baldosas, y me interno en el bosque de estanterías y libros sin apenas ver a los funcionarios que me vigilan desde sus mesas. Mis miradas tienden a buscar de manera insistente alguna antología barata de horror que me haga olvidar los “monstruos del aquí y ahora”, en la fascinación de los terrores eternos que tantos y tantos han sabido plasmar.
En esos momentos de vacío, mi mirada se vuelve hacia Lovecraft, hacia sus mitos, y reconozco mis demonios en sus demonios, como el reflejo atemporal en una piedra negra, de origen ignoto. En las estanterías, el maestro de Providence destaca como una estrella fugaz. Un profeta de misterios que quizás ni él mismo supo entender. El cuarto rey mago, portando el Necronomicon a la infantil humanidad que lee, consume y asume como propias las fantasías ajenas.
Finalmente, alcanzo mi meta y acojo entre mis manos una antología barata en torno a los Mitos editada hace décadas, que a juzgar por el lomo y las cubiertas, ha pasado por épocas mejores…
Tras admirar su portada ajada y sentir una absurda oleada de simpatía y fraternidad para con el libro, me dirijo a una mesa para abrir las puertas de otros mundos y otras vidas, leer sobre fatalismos cósmicos y condenaciones anunciadas…
De este modo, concluyo mi viaje inclinado sobre la mesa de la biblioteca, atesorando la edición de bolsillo, con mi espíritu enfocándose en captar ecos de mis dioses interiores en la prosa de Lovecraft.
Hoja tras hoja, la mente divaga libremente, observando a trasluz la llama de mis vicios y defectos, acostumbrando poco a poco mi vista hasta empezar a distinguir los tentáculos que se perfilan entre el humo del olvido.
Por momentos, me doy cuenta de que siempre ha habido una semilla en mí, una puerta a ese plano negado de aullidos y garras, donde la sangre es fuerte y el dios astado camina.
Quizás de ahí nacen mi rabia y mis pulsiones. De ahí nace la criatura con pezuñas que pisotea planes y ficciones, que reduce a cenizas y derriba todas las mentiras.
Conforme sigo leyendo, hora tras hora, siento la transformación burbujeando bajo mi piel. Siento las esporas oscuras naciendo a lo largo de mi cuerpo, y esa promesa de libertad si dejo correr esas energías sobre el mundo.
Un nuevo sentido se extiende por las células de mi vida, regando con información escarlata el vacío de rutinas y hábitos artificiales…
Me despierto en casa, totalmente confuso y sin noción del tiempo transcurrido. Miro el reloj y marca las dos de la madrugada. Creo recordar haber llegado a la biblioteca a las seis de la tarde… ¿Que he hecho en todas esas horas? Las voces de los espíritus primigenios susurran en mi cabeza, y me hablan en un idioma de arena y fuego, aturdiéndome aún más con visiones extrañas de ciudades subterráneas y espíritus encadenados.
Pasan las semanas. Busco y escribo mis propios misterios, intentando comunicarme con esos dioses olvidados que se agitan a mi alrededor, mientras la transformación sigue su curso. Como un Cristo moderno, me sumerjo en la materia oscura de las pesadillas, en busca de esas pepitas de brillo que aporten sentido al todo.
Día a día cumplo con mis obligaciones sociales de manera mecánica, apenas por inercia.
Trabajo, familia, amistades… Siento que las cosas del reino del hombre cada vez tienen menos importancia para mí. Que mi espíritu esta en otras búsquedas, otros laberintos de acuerdo y voluntad.
Mis viajes al abismo me dan una sabiduría diferente, conceptos ajenos al mundo que me corresponde. Me asedian sueños delirantes y siempre, cuando despierto, me queda la duda de qué pasaría si cediera el testigo a esa otra parte de mi ser. El lobo eterno. Aquel que mastica y muerde…
Cada vez escucho más a menudo su voz. Cada vez me parecen más acertados sus consejos.
Y siento que llegará el momento en que el robot civilizado se desconecte por unas horas, unos días, y deje correr al lobo en libertad, para que haga el mundo a su imagen y semejanza.
Para entonces, terminará la crisis. Terminará la frustración, y la duda, y el miedo y la rabia.
Comenzará el reino de la Bestia, y el monstruo extenderá sus dominios por la ciudad que me rodea y aullará de satisfacción…
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